Qué absurdo se me antojaba escribir sobre un recuerdo, algo tan poco tangible, palpable, tan soluble y volátil como el recuerdo de tu presencia.
Me solía preguntar por qué escribía algo así si ni tan siquiera creía en mí misma, cómo podía escribir sobre algo que ya no existía, una historia de amor ya acabada en la que los personajes se habían sumido en una oscuridad tan infinita como el vacío, fruto de tu olvido y del paso del tiempo.
Cuán absurdo se me antojaba escribir sobre lo que era ahora para mí un sueño, un dulce sueño inalcanzable que se tornaba tan real al despertar, cuando el sabor y la calidez de tus labios aún impregnaban los míos, cuando notaba tu presencia aún estando tú tan lejos que ni tan siquiera lograba atisbar tu lejana sombra.
Qué absurdo suena escribir sobre el vacío que dejaste con tu marcha, sobre la oscuridad que me rodeaba en cada una de las noches de tu ausencia, sobre aquella historia que nunca tuvo un final porque tú lo escribiste antes de que yo tomara la pluma... y duele tanto... duele tanto recordar...
Pero qué absurda sería la vida sin recuerdos, sin dolor, sin una sola mañana gris en la que deseáramos ver salir el sol, sin un todo y un nada, pues no quedaría nada que abrazar en esas noches en las que el espectro de tu presencia me abraza de nuevo tras tu marcha.
Móntrial (3º E.S.O. A, I.E.S. Calatalifa, Madrid)

